Mario Guevara S.
“Esta canción que canto amigos/ Es una más de dolor/ Si es que me ven llorando amigos/ Discúlpenme por favor...” La música del grupo mexicano Broncos, que siempre me pareció alegre, ese día despertó otro sentimiento en mí. No era tristeza, pero tampoco era felicidad, más bien era una especie de tranquilidad espiritual. Había mucha gente en la casa, eso no dejaba de afectarme. Siempre me molestó la aglomeración de personas, lo bueno era que había llegado la hora de salir de ahí.Caminaba muy cerca de mi mama —sí, así sin tilde— y ella me contaba nuevamente la historia de cuando se vino de los Estados Unidos al darse cuenta que yo había nacido. Le agradecí por eso y también le recordé que fue con ella con quien me tomé mi primer trago de guaro y me fumé mi primer cigarro. De pronto aquella plática entre nieto y abuela se convirtió en un duelo de historias. No había apuros, nuestro andar era lento y aún cuando venía mucha gente detrás de nosotros no había tanta presión para acelerar el paso.
La plática era amena, íntima, nadie nos escuchaba. Aquel día ella lucía reluciente, un maquillaje intachable y olorosa a flores. Yo no me quedaba atrás, una camisa y un pantalón oscuro me hacían ver más delgado. Mis ojeras, más marcadas que de costumbre, le decían a todo el mundo que la noche anterior no había logrado conciliar el sueño. Me regañó por eso. Creo que le escuché decir: “Después que pase todo esto te tomás un trago y te acostás”. Para mi mama el guaro era la medicina que lo curaba todo, pero se le olvidó que era día de elecciones, había ley seca. Ella no votó.
La conexión con mi mama se interrumpía por momentos para recibir el saludo de amigos, a los que yo muy discretamente les daba una palmada en la espalda para dejar claro que no tenía tiempo para ellos, que con la compañía de mi abuela me bastaba. Mientras, ella me contaba el capítulo del día anterior de la novela El Cuerpo del Deseo. Yo por mi parte, trataba de explicarle que la lucha libre que tanto le gustaba ver por las tardes eran peleas arregladas, que no tenía por qué molestarse cuando golpearan a “La Roca”. Era imposible, nadie podía impedir que ella le gritara al televisor cuando el réferi se ponía del lado de los “rudos”.
Nos reímos con el hecho de que al principio de mi matrimonio no le caía bien mi esposa. No la quería y cuando se lo recordé hizo lo de siempre, lo negó y es que con los años había comprendido que su nieto no se había embarcado. Pero claro, durante esos años la aconsejó: “No celes a Mario. Yo a mi marido no lo celaba para nada. A don Presentación Somarriba (mi abuelo) las mujeres lo llegaban a buscar hasta la casa y yo me hacía pasar por la empleada. Y después le decía: viejo, te vino a buscar la fulana”... Una historia que obviamente mi esposa no cree.
Ese caminar con ella me dio fuerzas ese día. Casi llegábamos a nuestro destino y me apresuré a darle las gracias por los años que había trabajado para mantenernos a mis hermanos y a mí. No me dijo nada. La gente que venía detrás de nosotros ya se había adelantado un poco y nos esperaban con cara de aflicción, pero sin hacer comentarios. El polvo en los zapatos de los que nos acompañaban no sólo indicaba que el camino fue largo, sino también que habíamos llegado al cementerio.
Dos días antes mi mama había muerto. Un derrame cerebral nos hizo la semana difícil a todos, pero ahí estaba yo, sin lágrimas y con muchos buenos recuerdos de la mujer que durante toda su vida le dije “mama”... mi abuela, con la que escuchaba música de Broncos y Los Bukis, con la que me tomaba mis tragos, me fumaba mis cigarros y me instalaba a ver la lucha libre.