Una Seria Objeción
Es casi tan antigua como las creencias religiosas : “Si Dios existe, ¿porqué permite que suframos, a menudo de modo aparentemente injusto?” ¿Cómo armonizar su bondad con el dolor humano? Ha llegado a popularizarse la “lógica” de los ateos: “Si Dios es bueno y no acaba con el mal en el mundo demuestra que no es omnipotente. Si puede acabar con el sufrimiento y no lo hace, no es bueno”. Particularmente sensibles a esta cuestión han sido los pensadores existencialistas (especialmente Camus). El gran teorizante del anarquismo, Bakunin, llegó a exclamar: “Si Dios existiese, habría que destruirlo”.
Indudablemente hay mucho de misterioso en lo que Dios hace o permite en el curso de la vida de individuos o pueblos. Y no sorprende que muchos hallen en ello un escollo insalvable contra el que se estrella la fe. Resulta estremecedor el testimonio del judío Elie Wiesel (premio Nobel de la paz), quién a los dieciséis años llegó al campo de concentración nazi de Buchenwald el mismo día en que, al anochecer, su madre y su hermana eran aniquiladas en el crematorio: “Nunca olvidaré aquella noche... Nunca olvidaré aquellas llamas que consumieron mi fe para siempre”. Si a los horrores de Buchenwald y Auschwitz, añadimos la horripilante destrucción de Hiroshima y Nagasaki, la crueldad reinante en los campos de trabajo soviéticos, o las salvajadas cometidas más recientemente en Bosnia o Ruanda, sentimos una profunda consternación.
Sí, debemos admitir que la existencia del sufrimiento, al igual que la permisión de la injusticia, tiene mucho de misterio, y sería absurdo pretender la posesión de explicaciones fáciles para aclararlo. Se trata de una de las cuestiones más espinosas a que ha de hacer frente la apologética cristiana. Sin embargo, de la revelación bíblica surgen destellos luminosos que nos guían en medio de la oscuridad.
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